El año en que perdí mis tribus

Una de las cosas que nadie te cuenta sobre hacerse adulto es que, en algún momento, empiezas a quedarte sin tribus. No pasa de golpe. Sucede despacio, como la marea, hasta que un día miras a tu alrededor y te das cuenta de que ya no perteneces a ningún sitio concreto.

No me malinterpretéis. Tengo amigos. Buenas personas en mi vida. Tengo a mi mujer, que es la persona más paciente del universo conocido. Tengo a mis hijos, que me miran como si fuera un arqueólogo cuando les hablo de cualquier cosa anterior a 2015.

Pero las tribus son otra cosa. Las tribus son esos grupos que se forman alrededor de una pasión compartida, una identidad común, un «nosotros» que no necesita explicación. Y yo he pasado gran parte de mi vida adulta buscando ese «nosotros» en internet.

Twitter fue, durante años, mi tribu digital. No el Twitter de ahora, ese basurero gamificado en el que se ha convertido. Hablo del Twitter de hace diez años, cuando todavía servía para encontrar gente interesante y construir conversaciones de verdad. Cuando había algo parecido a una comunidad de blogueros, periodistas y frikis que se retroalimentaban y se leían mutuamente. Eso se ha roto. De una manera tan definitiva que ya ni intento buscar los fragmentos.

El año pasado cerré una etapa importante. Y lo que más me costó no fue el cambio en sí, ni la incertidumbre, ni siquiera el síndrome del impostor que viene con reinventarse. Lo que más me costó fue darme cuenta de que ciertas tribus no se reemplazan. Se añoran.

Y mientras reflexiono sobre todo eso, me encuentro aquí, escribiendo en este blog que nadie lee, sintiéndome extrañamente bien. Quizás esto nunca fue sobre las tribus. Quizás siempre fue sobre el acto de escribir en sí mismo. Sobre ese diálogo silencioso que uno tiene consigo mismo cuando ordena sus ideas en párrafos.

Bienvenidos a 2018. El año en que decidí dejar de buscar mi tribu y quedarme con mi propia voz.