Me burle de ellos. Lo admito sin pudor. Como hice con el iPad. Visionario que es uno. Cuando Apple los presentó, me uní al coro universal de memes sobre los palillos blancos metidos en las orejas, sobre el diseño absurdo, sobre el precio desorbitado. Me reí. Publiqué algún comentario ingenioso. Me sentí muy listo.
Y luego los probé. Y llevan desde entonces en mis orejas prácticamente cada hora del día que estoy despierto.
La conversión fue dolorosa en términos de ego. Porque resulta que los AirPods son, sencillamente, el mejor producto que Apple ha lanzado en años. No el más importante. No el más ambicioso. El mejor, en el sentido más puro de la palabra: hace exactamente lo que promete, sin fricción, sin configuración, sin drama.
Los sacas del estuche y están en tu oído. Fin. No hay enlaces raros. No hay búsqueda de dispositivo. No hay batería muerta justo cuando más los necesitas porque el estuche te la recarga entre uso y uso. Es magia, y lo digo sabiendo perfectamente que no es magia, que hay ingeniería detrás, pero el resultado final se parece tanto a la magia que la distinción da igual.
Escucho música unas ocho horas al día. Lo sé, es una barbaridad. Pero es así desde siempre. Y la diferencia entre tener que gestionar cables, auriculares con batería propia que cargar, conexiones bluetooth que fallan… y simplemente sacar dos bolitas blancas de una cajita y ponértelas es una diferencia cualitativa, no cuantitativa.
Me comí mis palabras. Y estaban buenas.



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