Nunca he tenido tanto miedo a ver una película. Y no, no es una película de miedo, que esas directamente no las veo y ya lo sabéis. Es algo peor. Es la película que pone en imágenes el libro que más veces he leído en mi vida: Proyecto Hail Mary.
(Mal empezamos con que aquí la hayan llamado «Proyecto Salvación», por cierto. Yo entiendo que «Hail Mary» es un concepto difícil de traducir — la jugada desesperada, el último recurso, el balón al aire cuando no queda tiempo en el reloj — pero es que «Salvación» le quita todo el matiz. Es como si a «El Padrino» le hubieran puesto «El Señor Mayor». En fin.)
Ya he hablado aquí con anterioridad de que es el libro de ficción que más he leído. No exagero. He perdido la cuenta de las veces. Es mi lugar seguro, mi equivalente literario a ponerse la sudadera vieja del sofá. Cada vez que lo releo encuentro algo nuevo, un detalle que se me había escapado, una frase de Grace que me hace sonreír como un idiota. Y ahora, para prepararme para la película, he comprado el audiolibro y estoy disfrutando como un niño sus diecisiete horas. DIECISIETE HORAS. Es una barbaridad haily aun así se me hace corto.
Pero lo dicho: tengo miedo.
Y resulta que no soy el único. Un estudio de Reviews.org analizó más de 1.100 adaptaciones de libros a películas y encontró que el 89% de las veces el libro fue mejor valorado que la película. Nueve de cada diez. La gente de The Book People hizo algo parecido con 948 obras usando puntuaciones de Goodreads e IMDb y llegó a la misma conclusión: solo una de cada diez adaptaciones supera al libro original. Los números son demoledores y explican perfectamente ese nudo en el estómago que tenemos los lectores cada vez que anuncian una adaptación de algo que amamos.
Hay incluso un nombre para esto. Los psicólogos hablan del «mental imagery gap» — la brecha entre las imágenes mentales. Cuando lees un libro tu cerebro construye TODO: las caras, los espacios, la luz, los colores. Cada lector tiene su propia película interna, única e irrepetible. Y cuando llegas al cine y ves que el director ha tomado decisiones distintas a las tuyas, se produce una especie de disonancia cognitiva. Tu Rocky no se parece al Rocky de la pantalla. Tu Eridiano suena distinto. La nave es más grande o más pequeña de lo que imaginabas. Y eso duele, aunque la película sea buena.
Es algo que no es nuevo, por cierto. En el siglo XIX, cuando empezaron a publicarse libros ilustrados, los lectores ya protestaban porque las ilustraciones «arruinaban» las imágenes que se habían formado en la cabeza. Llevamos doscientos años con el mismo problema. Somos así de
(La encuesta más deprimente que he visto dice que un 46% de los lectores cree que las adaptaciones NUNCA estarán a la altura del libro. Casi la mitad. Un cuarto directamente dice que las películas «arruinan» los libros. Gente herida, gente que fue al cine ilusionada con su libro favorito y volvió a casa con el corazón roto. Los entiendo perfectamente.)
Ahora bien. Yo he tenido suerte. Cuando estrenaron El Señor de los Anillos, Harry Potter o Juego de Tronos aún no había leído los libros. (Y Canción de Hielo y Fuego sigo sin leerlo, PERDÓN, lo sé, lo sé.) Con Stephen King he visto varias adaptaciones después de leer los libros y en general no he sentido ese vértigo. Quizá porque King es tan prolífico que uno ya asume que algunas saldrán bien y otras no.
Lo más cercano que he vivido a esto fue Ready Player One, que reseñamos aquí. Yo tenía mis muy serias dudas de que Spielberg pudiera adaptar aquello — un libro que es básicamente una lista interminable de referencias ochenteras hiladas con una trama de videojuego — y no solo lo logró sino que lo superó con creces. Pero Proyecto Hail Mary es otra cosa. Proyecto Hail Mary es PERSONAL. Es el libro al que vuelvo cuando el mundo se pone feo, cuando necesito recordar que la curiosidad y la ciencia y la amistad pueden resolver cualquier cosa. Incluida la extinción de la humanidad.
Afortunadamente, las señales son buenísimas. Un 94% en Rotten Tomatoes con más de 300 críticas. El consenso habla de «una odisea espacial visualmente deslumbrante llevada sin esfuerzo por la fuerza gravitacional de un Ryan Gosling en su mejor momento». Un 77 en Metacritic. Son números de película grande, de película importante. No de blockbuster vacío.
Y es que Phil Lord y Christopher Miller tienen todos mis respetos. Absolutamente TODO lo que han hecho me encanta. Son los tipos que cogieron «La Lego Película» — un concepto que en papel suena a anuncio de juguetes de noventa minutos — y la convirtieron en una de las películas más inteligentes y divertidas de la última década. Hicieron lo mismo con Spider-Verse. Saben equilibrar el humor con la emoción, lo espectacular con lo íntimo. Si alguien puede capturar la relación entre Grace y Rocky — que es el CORAZÓN de todo esto — son ellos.
Y luego está Gosling. Mira, yo no sé si hay otro actor en Hollywood ahora mismo que pueda hacer de Ryland Grace. Necesitas a alguien que pueda ser gracioso y vulnerable y brillante y torpe y heroico sin que ninguna de esas cosas parezca forzada. Gosling lo hace sin despeinarse. El tío pasó de «La La Land» a «Blade Runner 2049» a «Barbie» sin pestañear. Tiene ese rango absurdo que Grace necesita. Y por lo que se ha visto en los tráilers, el aspecto de Rocky es TOTAL. Absolutamente total.
(Drew Goddard en el guion tampoco está nada mal. El tipo escribió «Perdidos«, «The Martian» y «La cabaña en el bosque». Sabe lo que hace.)
Es tan importante para mí esta película que mañana haré algo que no hacía desde mi adolescencia: iré solo al cine. Hace dos décadas que no lo hago. Pero se viene llorera guapa, eso seguro.
Porque si hay algo que Proyecto Hail Mary me enseñó es que a veces las cosas más importantes de tu vida las encuentras cuando estás completamente solo, flotando en el espacio, sin saber ni cómo te llamas. Y que la conexión más profunda que puedes tener con otro ser no necesita idioma, ni cultura, ni siquiera la misma biología. Solo necesita curiosidad, respeto y un «¿amigo?» dicho en el momento justo.
Mañana voy al cine. Solo. Asustado. Ilusionado como un crío.
Ya os contaré.

