La nueva generación ya está aquí. Bueno, casi. La Xbox 360 lleva ya un año demostrando lo que es la «Alta Definición» (y vaya si lo ha demostrado con Gears of War), pero nos faltaban las dos grandes damas japonesas.
Este mes, por fin, hemos podido probarlas. Y la batalla por el salón no puede ser más distinta.
En una esquina, la PS3. Un monolito negro, pesado, brillante y con un precio que quita el hipo: 600 euros. Seiscientos. Euros. En la otra, la Nintendo Wii. Una cajita blanca, elegante, silenciosa, que parece un disco duro externo y que cuesta menos de la mitad.
La propuesta de Sony es la arrogancia de siempre: potencia bruta. El procesador Cell, el Blu-ray, la salida HDMI… Es un monstruo tecnológico. Es el futuro. El problema es que es un futuro que (A) no tengo dónde enchufar (¿quién tiene una tele 1080p en casa?) y (B) cuesta un pastizal.
La propuesta de Nintendo es… otra cosa.
Tengo que confesar algo. Esta generación he decidido saltarme a Sony. Y mira que he tenido todas sus consolas. Pero entre la arrogancia de sus precios y lo bien que lo está haciendo Microsoft con la 360 (en la que ya he picado), Sony conmigo que no cuente.
Pero la Wii… ay, la Wii.
Este fin de semana he tenido la inmensa suerte de estrenar una. Me la ha regalado mi querido hermano Rober con su primer sueldo (¡gracias, Rober!), y lo que ha pasado en mi salón ha sido, sencillamente, mágico.
Saqué la consola de la caja, la enchufé (¡por componentes, nada de HDMI!) y puse el Wii Sports.
Y entonces, pasó.
De repente, mi mujer, que mira mis sesiones de Gears of War como si estuviera loco, cogió el mando. Y jugó al tenis. Y se rio. Y me ganó. Y luego jugó a los bolos. Y luego al golf. No entendíamos el mando, movíamos los brazos de forma exagerada, pero estábamos flipando. Al día siguiente vinieron mis amigos Fredi y David. Fredi jugó, literalmente 10 minutos a los bolos y en mi turno de tirar se levanto, llamo a Silvia, su mujer, y le dijo que se fuera a comprarla ya pero ya.
La Wii no va de gráficos. Se ve, siendo generosos, como una GameCube con esteroides. Va de jugar.
La PS3 es una promesa de potencia a 600 euros. Es una apuesta a futuro. La Wii es una revolución de presente a 250 euros. Es un mando que rompe con todo lo que hemos conocido en 20 años. Es una consola que, por primera vez, no me aísla en mi rincón friki, sino que invita a jugar a todo el que pasa por el salón.
El veredicto, para mí, está clarísimo. Sony se ha equivocado de guerra. La batalla por la potencia bruta ya la está librando (y muy bien) la 360. La verdadera batalla, la de conquistar el salón, la de crear nuevos jugadores, la acaba de ganar Nintendo.
Y por goleada.


