Estoy dando las últimas pinceladas, esos retoques finales casi invisibles pero obsesivos, al proyecto más ambicioso de Orukami. Ya hablaré de ello largo y tendido cuando esté listo para ver la luz, pero en estas fases de «testeo» y ajuste fino, mi cerebro entra en un estado curioso. Necesito ruido, pero no cualquier ruido.
No puedo escuchar música nueva porque me distrae; mi mente intenta analizar la melodía. Tampoco puedo escuchar podcasts porque me engancho a la narrativa. Así que recurro a mi vieja técnica de las «películas de fondo». Películas que me sé de memoria, plano a plano, diálogo a diálogo. Películas que no me exigen atención, que funcionan como un ruido blanco reconfortante, un lugar feliz y seguro donde mi cerebro puede descansar mientras mis manos trabajan.
He pasado por un ciclo de juicios noventeros (Algunos hombres buenos, La tapadera, Tiempo de matar, Causa justa). He pasado por un ciclo irónico intercalando a James Cameron con Kathryn Bigelow —imbécil que es uno, me hacía gracia el diálogo meta-cinematográfico entre los dos ex-esposos, aunque de la maestría de Bigelow hablaré otro día—.
Y finalmente, llegué a una de mis películas refugio por excelencia: El Fugitivo.
Al terminar, el algoritmo, que a veces tiene destellos de lucidez entre tanta basura, me recomendó Frenético, de Roman Polanski. (Hago aquí el inciso obligatorio y cansino: ya sé que Polanski es un ser humano despreciable. Hace mucho que aprendí a separar la obra del autor para no privarme de obras maestras, aunque el debate moral daría para otro artículo entero).
No la había visto tantas veces como las otras, pero dije: «Adelante».
Y entonces, salen los títulos de crédito y suena esto:
Y ya está. Ya estás dentro.
En apenas tres minutos, ese tema te lo cuenta todo. Te mete en el París gris y húmedo de finales de los 80. Te adelanta la tensión del thriller. Te susurra la historia de amor de un matrimonio que se va a romper por la tragedia. Y unos segundos después, lees en la pantalla: «Music by Ennio Morricone».
Obviamente, ya lo sabía. En esta casa, lo que hay por Morricone no es admiración, es auténtica devoción religiosa.
Hace tiempo, en uno de los atrevimientos más increíbles que cometimos en el podcast de Zinematk, tuvimos la inmensa fortuna de entrevistar a Alessandro De Rosa, el coautor de su biografía monumental, En busca de aquel sonido. Fue, sin duda, uno de los momentos cumbre de mi pequeña trayectoria como divulgador. Alessandro, con la ayuda de una traductora estupenda, nos regaló una hora de conversación en la que a los tres se nos caía el amor por el Maestro.
Pero volvamos a Ennio.
Me he pasado la vida escuchando bandas sonoras. Adoro a John Williams; creo que es el mejor compositor vivo y su trabajo en E.T. es, para mí, la cumbre de la emoción cinematográfica, la banda sonora que más cerca está de tocar lo divino. Admiro a los magos modernos como Hans Zimmer, Jerry Goldsmith o los paisajes sonoros de Hildur Guðnadóttir y Jóhann Jóhannsson, que me llevan a sitios nuevos y oscuros.
Pero SÓLO Ennio Morricone consigue hacerme estremecer.
Hay una diferencia semántica importante entre emocionar y estremecer. Williams emociona, te eleva, te hace volar en bicicleta frente a la luna. Morricone te estremece. Te sacude los huesos. Toca una fibra atávica, algo que llevamos dentro y que no sabíamos que estaba ahí hasta que suenan las primeras notas de la armónica, del silbido o del oboe.
Es una conexión que va más allá de la música; es narrativa pura.
Se activa con la suite de Los Intocables, con esa fuerza imparable de la justicia. Se activa con El éxtasis del oro de El bueno, el feo y el malo, que no es una canción, es una carrera desesperada hecha sonido.
Pero donde alcanza su cénit, donde Morricone deja de ser un músico para convertirse en un narrador omnisciente, es en Hasta que llegó su hora (C’era una volta il West). La escena de la estación.
Para mí, esa es la composición para cine más grande de todos los tiempos en términos de narrativa y empaste con la imagen. Sergio Leone y Morricone entendieron que el sonido no es acompañamiento, es protagonista. El chirrido del molino de viento, la gota de agua, la mosca… todo es música, y la música es tensión. No te dice qué sentir; te hace estarallí, sudando polvo y esperando la muerte.
Recuerdo que, al final de aquella entrevista con Alessandro, con la osadía del fan, le pregunté si podría conseguirnos algo imposible: una llamada con el Maestro. No una entrevista grabada, solo un saludo, un «hola». Alessandro, con una elegancia infinita para no llamarme flipado, me dijo que no. Que Ennio ya estaba muy mayor, «muy malito», y que se estaba apagando.
Me quedé con las ganas, claro. Fue una pequeña espina clavada.
Pero hoy, escuchando los créditos de Frenético mientras retoco el código de nuestro nuevo proyecto, me doy cuenta de que no tengo ninguna necesidad. ¿Para qué quería hablar con él? ¿Qué le iba a decir yo que no me haya dicho él ya mil veces con sus partituras?
Él ya habla con todos nosotros de la mejor manera que sabía. Con la honestidad brutal de sus notas.
Hace más de cinco años que se fue (falleció en julio de 2020), y sin embargo, cada vez que una de sus melodías empieza a sonar, siento que está aquí, en la habitación, contándome una historia. Los grandes mueren, pero Ennio… Ennio siempre será eterno.


